Manuel Castro Gil

El Grabador  Manuel Castro Gil, nace en Lugo el 20 de  enero de 1891, y fallece en Madrid en el año 1961.

Aunque también cultivó la pintura, es  grabador por excelencia, con fama y magisterio considerables.

Inicia sus estudios de dibujo como alumno de Manuel Fole, que deja clara huella en él. Con una beca que le concede la Diputación de Lugo, Manuel se traslada a Madrid en 1917 para realizar los estudios superiores en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, en la que es discípulo de Ferrant, Vera, Muñoz Degrain y Moreno Carbonero. Las iniciales lecciones de grabado las recibe de Carlos Verger y Esteve Botey.

La característica personal del gallego se manifiesta en Madrid, dibuja para publicaciones periódicas de la época y asiste a tertulias literarias en las que deja huella, como la de su paisano Valle Inclán, y la de Ramón Gómez de la Serna. Ingresa en la plantilla de la Fabrica de Moneda, de manera que efectos del Banco de España y billetes de uso común manifestarán, durante muchos años, la exquisitez de su buril.

Su nombre se extiende pronto, dado que es firma habitual en «Blanco y Negro» y en «La Esfera». Busca las recompensas oficiales, que reafirman el prestigio, y en 1920 obtiene el segundo premio en el concurso de grabado del Círculo de Bellas Artes.

En 1922, la segunda medalla de grabado en la Exposición Nacional de Bellas Artes, por una temática que definirá su quehacer durante mucho tiempo: monasterios, viejos rincones olvidados, ruinas y, en fin, paisajes de corte intensamente romantico. Repite en 1924 la segunda medalla en la Nacional de Bellas Artes por una pieza magistral, «Ciudad castellana» y, por fin el primer premio en concurso nacional de grabado, en 1925, por «Tierras de Santa Teresa».

El estilo, la personalidad, el magisterio técnico absoluto del gallego están consolidados. La Junta para Ampliación de Estudios, antecedente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, le beca para viajar a París, donde realiza una exposición que alcanza gran éxito hasta el punto de dedicarle una crónica Enrique Gómez Carrillo, el comentarista más exquisito y admirado de estos años. Desde Francia, Castro Gil se traslada a Bélgica, país con ciudades cuyo ambiente y clima le recuerdan a su Galicia natal. Un grabado que representa a la Catedral de Malinas forma parte del tríptico que, con el del puente Ondárroa y monumento parisino, completan el tríptico que le da el galardón al que había estado aspirando mucho tiempo, la primera medalla en la Nacional de Bellas Artes, en 1930.

Regresa a España y sigue su intenso trabajo. Ilustra con una serie de aguafuertes, «Las hogueras de España», de Antonio de Hoyos y Vinent. Viaja a Londres donde expone en 1928 con éxito total, ya que los coleccionistas británicos se apasionan por la calidad técnica y el perfecto dibujo de Castro Gil.

La obra del gallego continúa su andadura y la expone en Nueva York, México, La Habana, Buenos Aires. Desde 1934 es profesor de la Escuela Nacional de Artes Gráficas, en la que, entre otros discípulos, cuenta nada menos que con José Gutiérrez Solana, para quien el gallego auspicia un homenaje desde la agrupación que lleva su nombre, creada entre sus discípulos y admiradores. Galicia también le agasaja. Es nombrado miembro correspondiente de las Reales Academias de Bellas Artes del Rosario y de la Gallega.

En su obra ha acudido frecuentemente a su tierra natal, como acontece con la exposición regional de 1917, donde en la sala de honor se exhiben varios paisajes suyos al óleo, modalidad que cultiva ocasionalmente. Castro Gil toma apuntes en las ciudades de Galicia, y fruto de ello es un gran repertorio temático en el que destaca su pieza de aguafuerte sobre el Pórtico de la Gloria compostelano. Concluida la contienda civil, Castro Gil, recibe encargos, que realiza sin ninguna concesión al tópico, como la serie sobre altos hornos y fundición de grandes piezas, para una industria del País Vasco, ejemplo de la calidad de su dibujo.

Ama a su ciudad natal a la que donará todas sus herramientas de su taller privado y numerosas planchas expuestas hoy en el Museo de Lugo. Sin un descanso, en plena gloria, fallece en Madrid en 1961y le sucede el magisterio extendido y el prestigio inmarchitable.

Castro Gil es fundamentalmente un grabador aguafortista, aunque también domine, por su condición de dibujante segurísimo, la punta seca. El claroscuro, la reciedumbre expresiva en las arquitecturas, la textura de sus impresiones, la utilización de tintas inusitadas, como las verdes, hacen inconfundible su trabajo. Todo en él es poderoso, seguro, impresionante.